jueves, 13 de noviembre de 2014

Siempre Rock-Capítulo II

 Aquí les dejo, la segunda parte del cuento dedicado a mí , jejeje, se que si leen les ppuede parecer algo loco, pero la imaginación no conoce de límites, espero os agrade :).




Aprovechando que al día siguiente era sábado y no tenía que ir a trabajar me levanté tarde, desayuné-almorcé, me vestí, cogí mi bolso y salí a la calle.
 Fui a la parada del bus que hay justo debajo de mi casa y cogí la línea 13 que me llevaba directamente hasta el barrio donde vivía aquel chino milenario del que me había hablado Sebastian la noche anterior.
Al bajar del autobús caminé unas pocas calles hasta dar con el callejón donde se suponía que vivía aquel extraño personaje. El lugar era bastante tétrico y misterioso. No vi a nadie en los alrededores. Sin embargo, no tenía miedo. Al contrario. Aquel halo de misterio que parecía envolver aquel lugar me resultaba de lo más atrayente y fascinante.
Encontré el edificio que buscaba. Había un interfono a la entrada, junto a la puerta. Pero no me hizo falta pulsar el interruptor, pues milagrosamente la puerta se abrió sola al acercarme, como si aquel objeto inanimado hubiese intuido mi presencia.
No lo dudé. Empujé la puerta y accedí al interior del edificio. Vi unas escaleras que daban a la parte alta del edificio y, junto a las escaleras, un largo pasillo que acababa en una puerta. La puerta estaba entreabierta. De manera instintiva dirigí mis pasos hacia la puerta aventurándome por aquel largo pasillo. Seguía sin tener miedo. A decir verdad me sentía relajada y tranquila, como si en el fondo de mi ser supiese que no tenía nada que temer. Traspasé el umbral y accedí a una habitación. Al fondo vi a un hombre sentado tras una mesa.
–Espelando a ti yo estaba –dijo aquel hombre. Por su aspecto y su acento supuse que se trataba del chino milenario del que me había hablado Sebastian.
–¿Es usted Yoshio? –quise confirmar.
–Sí, yo soy. Y tú eles Laula –dijo él.
–Laula. Me llamo Laura –corregí.
– ¿Tú no sabel que yo sel chino y que los chinos no sabel plonuncial la ele?
– ¿Se refiere a la letra “r”?
–Sí. La ele. Yo no plonunciá.
–De acuerdo. Procuraré no olvidarlo.
–Tú sienta ahí –dijo Yoshio señalando un cómodo sillón con el dedo índice. Observé que tenía la uña de su índice exageradamente larga. Me recordó al famoso personaje de Fu Manchú.
– ¿Por qué tiene esa uña tan larga? –pregunté.
–Polque a veces cela pical oído –dijo él.
– ¿Se refiere a la cera de los oídos?
–Sí. Entonces yo metel uña y hulgal en oído. ¡Qué gustilinín yo siento entonces!
La verdad es que no supe qué contestar a eso.
–Verá –dije–, me envía...
–Sí, yo sé –atajó él–. Te envía homble de póstel.
– ¿Lo conoce?
–Yo conozco, sí. Ahola tú contal poblema a Yoshio.
–Trabajo en una oficina. Llevo varios años trabajando allí y, en líneas generales, me llevo bien con todas mis compañeras. Bueno, con casi todas. Tengo una compañera, por llamarla de alguna manera, con la que no me llevo especialmente bien...
– ¿Cómo definil tú a ella?
–Zorra, estúpida, engreída, descerebrada, mala persona, despectiva, avasalladora, prepotente, vieja amargada, ridícula...
– ¿A ti no cael bien ella, no es cielto?
–No. No me cae bien.
– ¿Polqué tú pensal así de ella? –dijo Yoshio.
–Me la tiene jurada. Y no sé por qué. Yo no le he hecho nada como para que me odie tanto. Me limito a cumplir con mi trabajo. Soy feliz haciendo lo que hago. No necesito mucho más. Sólo quiero hacer bien mi trabajo y volver a casa a escuchar mi música, ver mis series de televisión favoritas, leer a mis autores favoritos o escribir mis propias historias en mis libretas. Lo único que quiero es vivir en paz.
–Eso es imposible –sentenció Yoshio.
– ¿Por qué es imposible?
–Polque sel humano siemple en conflicto. Sel humano siemple ve en otlos seles humanos competencia, obstáculo pala sus metas.
–¡Pero si ella lo tiene todo! –grité presa del enojo y la impotencia–. Es guapa, y muy sexy. Además, es la amante del jefe y eso le permite ocupar una posición de privilegio dentro de la empresa. ¿Quién puede hacerle la competencia?
–Tú –dijo Yoshio.
– ¿Yo? –dije yo–. ¿Por qué yo? 
–Polque tú estal muy buena.
Al escuchar aquello en boca de aquel hombre de milenario aspecto no pude evitar ruborizarme.
– ¿Cree usted que yo...?
–Oh, sí. Tú estal de toma pan y moja. Y eso ponel nelviosa a tu compañela. Ella ve en ti amenaza.
–Pero, ¿cómo?, si yo siempre procuro pasar lo más desapercibida posible. Visto normal. Uso faldas largas y nada de ropa ajustada. Tampoco uso tacones altos. De hecho suelo llevar ballerinas y slippers al trabajo. Y en cuanto a mi escote, procuro no enseñar más de lo imprescindible.
–Eso a ella le da igual. Ella ve en ti una lival. Tiene celos de ti.
– ¿Y qué puedo hacer?
–Yo dalte una pócima secleta pala que tú eches en café.
– ¿Una pócima? ¿Se refiere a un veneno?
–No. No veneno. Yo no matal a nadie. Yoshio sel chino bueno. Yo no Fu Manchú. Yo sel más como Jackie Chan. Yo sel chino simpático.
–Vale. ¿Y qué efecto causa esa pócima en quien la prueba?
–Tú confial en mí. Yo no engañal a ti. Tú ponel pócima en café y que ella beba. Simple –dijo Yoshio.
Lo cierto es que aquel venerable anciano tenía cara de buena persona. Además, yo confiaba en Sebastian Bach y él nunca haría nada que me perjudicase.
Tomé el frasco con la pócima que me entregó Yoshio. Cuando le pregunté por el precio me sorprendió su respuesta.
–Tu sel buena pelsona –dijo–. Y yo no coblal nada de dinelo a buena pelsona. Yo bien pagado si tú dalme un beso en mejilla.
Me levanté del sillón, me acerqué hasta el viejo Yoshio y le besé en la mejilla.
–Glacias, guapa. Ahola tú ve. Ya velás que en poco tiempo todo salil bien pala ti.

El lunes fui a trabajar con un nudo en la boca del estómago. Estaba hecha un manojo de nervios. No tenía ni idea de lo que pasaría cuando la zorra de Úrsula –así se llamaba la amante de mi jefe–, se tomase aquel brebaje con el café. Tenía miedo de que le ocurriese algo horrible. No sé, que de repente le explotase la cabeza o le empezaran a salir serpientes por la boca. Aún así decidí seguir adelante con el plan.
Precisamente Úrsula se acercó hasta mi mesa de trabajo mientras yo andaba liada con unos informes.
–Tú, imbécil –me dijo en su habitual tono despectivo y avasallador–. Ve hasta la cafetería de la esquina y tráenos unos cafés a Don Jaime y a mí.
No deja de ser curioso esto de las apariencias. Todos en la oficina sabíamos que aquella zorra se estaba acostando con el jefe y, sin embargo, ella jamás dejaba de referirse a él como “Don Jaime”. Me pregunto si cuando hacían el amor en aquel lúgubre apartamento que él tenía alquilado en el centro para llevar allí a sus conquistas también ella lo trataba de usted en pleno frenesí sexual.
Me acerqué hasta la cafetería y pedí los cafés. Como no tenía la certeza de saber qué vaso iba a tomar cada uno decidí asegurarme y echar un par de gotitas de la pócima en ambos vasos. Luego los removí enérgicamente con la cucharilla para que no notasen nada raro al tomar el primer sorbo.
Llegué a la oficina. Nada más verme entrar por la puerta noté cómo Úrsula se me echaba encima.
– ¡Ya era hora de que llegases con los cafés, niña estúpida! –me gritó delante de todos–. Seguro que te has entretenido en la cafetería flirteando con el camarero y poniéndole ojitos tiernos.
–No, yo...
La verdad es que no sé qué me pasa pero en cuanto alguien me grita o me insulta me bloqueo, me veo incapaz de plantar cara. Es como si esos insultos me anulasen por completo, como la criptonita anula a Superman.
Úrsula me arrebató los cafés de las manos y se fue con ellos al despacho del jefe. Luego entró y cerró la puerta. Yo me dirigí a mi puesto de trabajo y ocupé mi mesa. Fingí trabajar en algo mientras no dejaba de pensar en lo que ocurriría a continuación.
Pasaron los minutos, y nada ocurría. Agucé el oído, confiando en escuchar algún ruido procedente del despacho. Pero nada. Volví a mirar el reloj. Noté que habían pasado diez minutos, aunque a mí me había parecido una eternidad. Al ver que nada sucedía llegó un momento en que pensé que igual todo aquello del chino milenario y Sebastian no había sido más que el fruto de mi fértil imaginación. Quizás todo había formado parte de un sueño. Un sueño tan real que había conseguido engañarme.
Pero entonces ocurrió.
Una de mis compañeras había llamado a la puerta del despacho de Don Jaime y, al no obtener respuesta, había abierto la puerta. El grito que dio inundó toda la oficina. Todas las empleadas abandonamos nuestros puestos de trabajo y acudimos raudas hasta la puerta del despacho del jefe. No podía creer lo que veían mis ojos. Allí, en el despacho, vestidos con los trajes de Úrsula y Don Jaime, había dos cerditos comiendo de sus propias heces. ¡Estaban tan monos y chillaban muy alto!, jamás conté que yo había sido la responsable de un hecho tan maravilloso.
Aquella tarde, al llegar a casa, conecté mi reproductor de mp3, me puse los auriculares y toqué unas guitarras imaginarias al ritmo del Girls, girls, girls de Mötley Crüe. Me sentía como nunca, feliz, pletórica, plena de energía. Sonreí al póster de Sebastian y le guiñé un ojo.

En ese momento supe que, pasase lo que pasase en mi vida, siempre tendría al rock de mi lado.

- FINITE -

Dedicado a PF, espero poder seguir compartiendo conocimientos y diversión contigo, muchas gracias por hacerlo :).