martes, 9 de diciembre de 2014

El Señor Llorón

Espero hayan tenido un buen fin de semana, me había desaparecido un poco, ya que estoy con mis finales de la universidad, pero he vuelto para deleitaros con un nuevo cuento, espero esto sirva para que intentemos ser felices con lo poco que nos toca, espero os agrade :).

Valentín era su nombre, ciertamente un triste hombre, por el mismo motivo, muy solitario, el mundo no comprendía su pesar diario.

Todo para él se transformaba en una tragedia griega en su vida: “ Oh, mundo cruel, desdichado soy al tener este terrible trabajo, soy explotado por tan bajo salario”, “oh terrible agonía el tener que oír los gritos de mi mujer cada día al llegar a casa y los chillidos de mi pequeño hijo”, “ Oh no, he de morir con el alto precio de los abarrotes, no sé si sobreviviré  hasta que llegue el final de mes”, y así sucesivamente se quejaba de todo lo que lo rodeaba, y lo que no también, con los noticiarios y la guerra al otro lado del mundo, con su mujer, con su trabajo, con su hijo, con todo lo posiblemente existente.

En su trabajo lo llamaban, el Sauce Llorón, un árbol, nombrado  científicamente  como Salix babylonica, esta especie es llamada así según dicen por la forma de sus ramas hacia abajo, o tal vez solo sea una especie que absorbe lamentos de personas que pasan a su lado.
Su jefe cada año lo cambiaba de departamento dentro de la empresa, para ver si se mantenía de mejor modo, pero volvían los lamentos cada vez con mayor agudeza: “Oh, que será de mí con nuevas tareas que tal vez no pueda cumplir, oh Dios solo quiero trabajar menos y que valga el dinero”.

Entre sus compañeros de labores se creaban un sinfín de comentarios: “Yo creo que a Valentín deberían despedirlo, trae consigo una nube negra la cual algún día podría llover sobre todos nosotros”, “Nada lo hace feliz, el desea trabajar poco y ganar mucho dinero, cambiar a su mujer y  a su hijo por una modelo, ser más joven y sin esas canas que cada vez son mas notorias debido a sus lamentos”, “Debería dar gracias por tener trabajo, salud y familia, es un mal agradecido ese sauce llorón”.
 Era cierto, las personas  sentían que prácticamente tenía una enfermedad infecto contagiosa llamada Lamentitis Aguditis Purulenta, por lo que lo apartaban en todo momento, si ingresaba al baño sus compañeros huían, si se acercaba a almorzar, todos escapaban de él, por lo que tomaba su bandeja de almuerzo y la llevaba a su puesto de trabajo, se sentaba en el piso, y comía allí, y adivinen...sí, lamentándose nuevamente, “Oh mundo, gente envidiosa y mal hablada, algún día me las pagarán, quisiera estar muy lejos, desaparecer frente a los ojos de todo mundo y descansar de tanta crueldad hacia mi persona”.

Ciertamente, con cada lamento un nuevo cabello blanco crecía en su cabeza, tampoco deseaba llegar a casa ya que sufría con cada  quejido de su mujer, los gritos y juegos de su hijo, y las cuentas atrasadas que llegaban cada mes sin piedad.

Una tarde cualquiera, todos sus compañeros hablaron con el gerente para protestar debido a Valentín, querían que lo despidieran definitivamente o todos se volverían como él, indicaban que aborrecían su comportamiento, que no los dejaba trabajar en paz.
Esa misma tarde al oír las quejas de sus compañeros  sobre su estado anímico permanente, caminó sin rumbo, unos cientos de kilómetros sin noción de tiempo, hasta que anocheció.

Llegó a un muy solitario campo, con una pequeña casita blanca rodeada de árboles, sentado allí siguió sus lamentos una y otra vez, incluso se lamentó por la desgraciada vida de las hormigas diciendo que se sentía una de ellas, trabajando de sol a sol por una hoja, de pronto sus lamentos se transformaron en llanto junto con gritos desesperados, fue tanto lo que lloró que en un instante sus brazos se transformaron en ramas, su cuerpo en tronco, y sus pies en raíces las cuales se arraigaron por completo a la tierra, se había convertido en lo que realmente debió ser desde el momento en el que apareció en este planeta, un sauce llorón.
Dicen que en ese campo se oyen lamentos del sauce  al compás del viento, se sentía lamentar por  las aves sobre sus ramas, por  sequía, la lluvia, o  los  perros que esparcían su orina en lo bajo de su tronco.
Valentín estaba destinado a vivir un lamento superior a su vida como ser humano, ya que los árboles viven mucho más que los hombres.